Vida efímera

La vida es efímera. El tiempo pasa volando y, la mayoría de las veces, damos por hecho las cosas.
Vivimos cada día, cada hora, cada minuto centrados en el aquí y en el ahora, pero sin detenernos realmente a pensarlo. Tienes algo que hacer, lo haces. Tienes que reunirte con alguien, lo haces. Y así pasan los días, sin cuestionarnos demasiado.

Rara vez pensamos en el “¿y si…?”, en el “puede que…”. Damos por hecho que el trabajo estará ahí mañana, cuando en realidad existe (aunque sea mínima) la posibilidad de que no lo esté. Lo mismo ocurre con las relaciones: creemos que las personas siempre estarán, que no habrá conflictos que lastimen o incluso rompan los vínculos. Confiamos en que nuestras mascotas seguirán acompañándonos, aun sabiendo que también tienen una fecha de partida que preferimos no contemplar.

En este proceso de dar por hecho, de confiarnos y de caer en la rutina, comenzamos a restarle valor a todo aquello que forma nuestra vida: personas, momentos, vínculos, experiencias. Dejamos de apreciar porque creemos que todo estará ahí siempre, cuando en realidad nada es una certeza y mucho de lo que sucede escapa completamente de nuestro control.

La base de la vida es el tiempo. Este simplemente pasa; no avisa cuándo algo será la última vez. No nos dice cuándo será la última conversación, la última risa o el último abrazo. Vivimos esperando que ese momento aún no llegue, pero en esa espera surge una pregunta importante: ¿realmente estamos disfrutando lo que vivimos ahora?, ¿apreciamos cada instante como si fuera único?

Los momentos se convierten en recuerdos, y si no estamos presentes en ellos, ¿cómo construir recuerdos que valgan la pena? Tal vez por eso olvidamos tantos instantes importantes, situaciones que moldearon nuestra esencia y nos guiaron (consciente o inconscientemente) hacia lo que somos hoy. Cada experiencia vivida, cada aprendizaje, cada error y cada logro forman parte de nuestro camino.

Aprovechemos los momentos en el trabajo, en la escuela, con amigos, con la familia (incluso cuando no todo es perfecto), porque nunca sabemos si mañana volveremos a compartirlos. La vida es incierta, y su única certeza es que nada es para siempre.

Sabemos que nada es seguro, pero vivimos como si lo fuera.
Sabemos que las personas se van, pero no siempre cuidamos los vínculos.
Sabemos que el tiempo es limitado, pero lo postergamos todo.

Entonces me cuestiono: ¿de verdad apreciamos cada vivencia y a cada persona?, ¿o solo les damos valor cuando ya no están? El tiempo puede volar o avanzar lentamente, pero ninguna de las dos cosas garantiza que sepamos vivirlo. El ayer ya pasó, el mañana es incierto y lo único real es el presente.

Por eso creo que sobrepensar el pasado o vivir atrapados en el “hubiera” es una pérdida de tiempo. Lo único que realmente importa es lo que hacemos hoy: cómo reaccionamos, qué decimos, qué pensamos, dónde estamos y con quién compartimos el ahora. La vida es un regalo, y cada día podemos elegir cómo enfrentarlo: con gratitud y conciencia, o desde la indiferencia y la espera.

Seamos agradecidos por despertar, por poder estudiar o trabajar, por tener alimento, por compartir tiempo con quienes amamos (personas o mascotas), por simplemente estar aquí. Detengámonos a valorar lo que tenemos hoy, no lo que pudo ser ni lo que tal vez será. Porque la vida es efímera, y el ahora es todo lo que realmente tenemos.

A Frankie,
gracias por todo
y perdón por tan poco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *